Por: Edgar H. Benítez Fuentes
Este texto nace de una investigación realizada por la Fundación La Comadre
Sound System, en el marco del proyecto Amplificadas, una iniciativa que reúne
investigador@s y DJs de México y Colombia para pensar el sonido, la calle y el
género desde nuestras propias experiencias.
Y lo que encontramos fue potente.
Porque cuando una mujer hace sonar una caja en la calle, no solo está poniendo
música. Está moviendo estructuras.
El sonido también es territorio
En Colombia, los grandes sistemas de sonido —los Picós en el Caribe y los Sound
Systems en Bogotá— han sido históricamente espacios dominados por hombres.
Espacios técnicos, pesados, ruidosos. Espacios donde se cargan cajas gigantes
se soldán cables, se negocian permisos con la policía y se discute quién tiene la
mejor selección musical. Pero algo está cambiando.
Hoy, cada vez más mujeres están al frente de estos procesos: administrando picós
tradicionales, montando camiones con sonido para marchas, organizando toques
en barrios, siendo DJs, selectores, MCs y técnicas.
Y no ha sido fácil.
En el Caribe: sostener un Picó es sostener una cultura
En Barranquilla, por ejemplo, mujeres como Linda Sandoval están administrando
picós tradicionales. Y cuando digo administrar, no hablo de algo simbólico. Hablo
de trabajo duro. Ella lo dice sin maquillaje:
“Organizar un toque no es fácil. Yo tengo que llamar al dueño del sitio, mirar
cuánta gente cabe, si hay permisos, si hay toma de corriente, cuadrar
transporte, y hablar con los DJs para ver quién puede. A veces también
tengo que poner de mi plata si no hay patrocinadores. Todo eso lo hago yo.”
Eso es gestión cultural real.
Eso es economía popular.
Eso es resistencia.
Porque la cultura picotera ha sido estigmatizada durante años. Se le ha asociado
con violencia, con desorden, con “ruido”. Y aún así, sigue viva. Y ahora, cada vez
más, con mujeres al frente.
Pero claro: el machismo no desaparece porque sí.
Nayilocura lo resume así:
“Para nadie es un secreto que este es un medio bastante machista. Como mujer, me he sentido muchas veces juzgada y no tomada en serio. Me han dicho que por qué no me quedo mejor bailando, que deje la consola a los
hombres. Pero eso no me detiene. Yo sé lo que sé y lo que valgo.”
La consola no es solo una máquina.
Es poder. Y tomarla es un acto político.
El Sound System como herramienta de protesta
En Bogotá, la historia tiene otro matiz. Aquí, los Sound Systems han estado muy
conectados con las movilizaciones sociales, especialmente durante el estallido
social de 2021.
Camiones llenos de cajas acompañando marchas. Bajos retumbando mientras la
gente exigía derechos. Micrófonos abiertos para que otras voces hablaran. Una
participante en uno de los grupos focales lo dijo así:
“Cuando salimos con el sonido a las calles fue para resistir. El micrófono no era solo para la fiesta, era para decir lo que muchas estaban sintiendo y no podían expresar.”
El sonido dejó de ser solo fiesta. Se volvió amplificador de emociones colectivas.
Y detrás de esos camiones hay trabajo físico brutal.
Se volvió amplificador de emociones colectivas.
Y detrás de esos camiones hay trabajo físico brutal.
Lola de Trax, una de las pioneras en el montaje de grandes sistemas en Bogotá,
cuenta:
“Me toca montar a las 5 de la mañana… yo me demoro por ahí 4 horas en montar un camión, por lo menos, solo el sonido.”
Y además:
“Sí sentí mucho el machismo. Hay personas que simplemente no pueden
seguir la instrucción de una mujer… si una mujer les dice algo técnico, no lo
aceptan.”
Imagínate eso: estar dirigiendo técnicamente un montaje gigante, saber
exactamente lo que estás haciendo, y que aún así duden de ti por ser mujer.
Eso también es violencia.
No es solo fiesta: es cuidado
Algo hermoso que apareció en la investigación fue cómo muchas mujeres están
transformando la lógica misma de la fiesta.
Analog lo explica así:
“Creamos un parche de mujeres para tocar, aprender juntas, pero también para cuidarnos en las fiestas. La fiesta no es solo para el goce, también puede ser un espacio de conciencia.”
Eso cambia todo.
Porque durante mucho tiempo, muchas mujeres han vivido la noche como un
espacio de riesgo.
Hoy están construyendo fiestas donde el cuidado es parte del sonido.
May Cinamoon lo dice desde lo más personal:
“Siento que este espacio me permitió sanar cosas… era un lugar donde podíamos hablar, bailar, sonar, y no estar en peligro.”
Y luego algo aún más profundo:
“Cuando me escuché en un micrófono por primera vez, sentí que recuperaba algo
que me habían arrebatado.”
El micrófono como herramienta de sanación.
Eso no te lo enseñan en ningún manual técnico.
Politizar el goce
Algo que nos dejó pensando mucho en el proyecto es esto:
¿Y si la fiesta también es política?
No en el sentido partidista. En el sentido de poder existir sin miedo.
Yodax lo plantea desde la ética del trabajo:
“Todos los días hay que trabajar para ser mejor… no hay que saltarse el proceso.”
Pero también habla de lo que significa ver a otras mujeres en escena:
“Ver a una mujer siendo MC o siendo selectora… hace que sintamos que todos
podemos.”
La representación importa. Ver a alguien que se parece a ti manejando el sonido
cambia el imaginario colectivo.
El sonido como derecho
Esta investigación no trata solo de música.
Trata del derecho a ocupar la calle.
Del derecho a la técnica.
Del derecho a no ser silenciadas.
Del derecho a disfrutar sin violencia.
En el Caribe, en Bogotá, en barrios, en marchas, en fiestas, las mujeres están
demostrando que el sonido también puede ser una herramienta de transformación.
No están pidiendo permiso.
Están construyendo infraestructura.
Están haciendo colectas.
Están montando camiones.
Están armando redes de cuidado.
Están redefiniendo la escena.
Y cada vez que un bajo retumba en la calle con una mujer al mando, algo se
mueve más allá del cuerpo.
Se mueve la historia. Pensar el sonido desde otras miradas.
Más que documentar una escena musical, lo que hicimos fue escuchar historias
de resistencia, de aprendizaje técnico, de cuidado colectivo y de transformación
cultural.
Escuchar cómo el sonido puede ser memoria.
Puede ser protesta.
Puede ser sanación.
Puede ser comunidad.
Y sobre todo, escuchar cómo las mujeres están cambiando las reglas del juego.
Porque estar pegaitas a las cajas no es solo estar al lado del bajo.
Es estar en el punto más potente del sistema, ese lugar que no se lo han regalado,
sino que las mujeres se lo han ganado con trabajo, resistencia y constancia.
Es amplificar la vida.
**Nota: esta es una versión para blog de un articulo mas extenso sobre la
investigación que se ha realizado en relación al papel de las mujeres en la escena
Sound System de Bogotá y la cultura picotera de Barranquilla realizad en el 2024.