“Hemos seguido el trabajo de Bogotrax durante años. Y leer el artículo Ruido, memoria y participación de Rafael Castellanos nos removió fibras profundas”. No solo por lo que narra, sino por lo que confirma: que accionar la calle desde el sonido en Bogotá tiene sentido porque hay una historia que lo sostiene.
Para quienes creemos en la cultura como práctica pública y colectiva, entender lo que ha sido Bogotrax desde 2004 es reconocer una genealogía. No se trata únicamente de un festival de música electrónica; es un experimento político y estético que ha insistido en algo fundamental: la participación es el corazón de cualquier transformación cultural. Fiestas, talleres, foros, intervenciones, redes autogestionadas. Un festival que no separa el goce del pensamiento.
El relato sobre la acción colectiva Ruido, memoria y descomposición (2010) es especialmente revelador. Una propuesta que buscaba intervenir la memoria oficial sobre la toma y retoma del Palacio de Justicia a través de una experiencia audiovisual inmersiva: triple proyección, 20 kW de sonido, archivos históricos mezclados con ruido e interferencias. La apuesta era clara: mostrar cómo la memoria en Colombia ha sido interrumpida, maquillada, descompuesta.
Y entonces apareció la pregunta incómoda: “¿Ustedes qué van a hacer?” La circulación de un volante bastó para activar temores institucionales y presiones de último momento. La sospecha del “panfleto”. El miedo a que el arte fuera demasiado explícito. La performance se realizó, sí, pero atravesada por limitaciones que, paradójicamente, reforzaron su tesis: la memoria oficial es frágil y la disputa por el relato es profundamente política.
Lo que nos toca de esta historia no es solo la anécdota de la censura, sino la claridad ética: Bogotrax no buscaba imponer otra versión oficial, sino abrir espacio a la multiplicidad. Entender que la memoria es ruido, interferencia, voces superpuestas. Que el arte puede amplificar aquello que no encuentra lugar en los discursos dominantes.
En una ciudad donde el espacio público se disputa constantemente, donde la fiesta muchas veces es vista con sospecha, este antecedente nos recuerda que la calle es también un lugar legítimo para pensar, para sentir y para construir memoria colectiva. Que los graves no son solo vibración: son presencia.
Bogotrax ha sostenido durante más de dos décadas una práctica basada en la colaboración y la autogestión. Ha demostrado que la cultura electrónica puede ser crítica, situada y comprometida con su contexto. Que la pista de baile y la reflexión política no son opuestas.
Por eso, este año, desde La Comadre Sound System, nos sumamos con respeto y emoción a esa historia viva. Estaremos en la inauguración con la unión de sound systems junto a La Horrorosa, Sxmxss y Disruptivo, debajo del puente de la Av. 68 con calle 26.
Para nosotrxs es un honor participar por primera vez en este festival. Estar en Bogotrax no es solo estar: es reconocer una trayectoria que ha defendido la calle como espacio de encuentro y el sonido como herramienta de memoria. Y es, también, seguir amplificando en colectivo aquello que no siempre ha querido ser escuchado.
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